
Decía mi abuelo Edmundo, con el que desgraciadamente pude compartir poco tiempo en este planeta, que “no hay nada más castigado que la lengua”. Pero no, no se refería a la cuestión lingüística: en esta formulación, el aforismo se refiere a que en muchas ocasiones nos toca tragarnos nuestras propias palabras, quizás por imprudentes, quizás por ignorantes. La vida, al fin y al cabo, con su dosis de fina ironía, nos acaba poniendo en nuestro sitio. Es una de esas frases que han quedado en la familia y que pasan de generación en generación, como una muestra de sabiduría indiscutida e indiscutible. Y, una vez más, ha demostrado toda su vigencia cayendo con fuerza sobre mí: supongo que los que sigan mis andanzas sabrán de mi imprevista candidatura y no habrán dejado de sonreírse al recordar mi artículo del mes anterior en esta revista, titulado “La realidad, de rebajas”, en el que daba un hermoso repaso a todo lo que supone una campaña electoral y a la actividad de los políticos durante estos períodos. Como imaginarán, cuando escribí el artículo anterior no podía saber aún que iban a hacerme una oferta en este sentido. Cuando la propuesta se concretó y, para mi sorpresa, decidí aceptarla, recordé palabra por palabra el colofón de mi artículo y no pude menos que sonrojarme. Me acordé, una vez más, de mi abuelo y de su frase de cabecera.
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